Las cosas han cambiado ultimamente, dando paso a renovadas responsabilidades. Debo enfrentar momentos de gran tensión y todo pareciera que es una pared de grandes proporciones, donde se hace muy difícil poder seguir. Pero no tiene por que ser así, y así lo pensó una vez alguien que siempre me acompañó: mi gato. Fue el quien siempre supo decirme las cosas de mejor forma posible, auyentando toda posibilidad de dolorosa frustración. Morgan, que era su nombre, siempre se tomó las cosas en serio y para el no estaba bien el dolor ajeno, y menos el mío. Le gustaba mucho conversar, pero también le gustaba mucho poder ver en el tiempo, una posibilidad esperanzadora y de milagros inminentes. Lo que pasó con Morgan es objeto de especulación, pero siempre se supo que nada es casual en la vida de alguien tan luminoso como el.
